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“18 Cuentos de Golf” es un libro de Alberto Campos Carlés, jugador aficionado y de Gianni Dalfiume, un prestigioso profesional en artes gráficas, ambos de General Rodríguez (Pcia. de Bs. As.). A don Roberto de Vicenzo le gusta esta narración que SLDES trascribe a continuación.

Dijo Roberto de Vicenzo acerca del libro: «He encontrado en este libro cuentos muy interesantes y amenos, que describen con propiedad determinados episodios y ocurrencias del golf amateur. El cuento perteneciente al hoyo 3 por está relacionado con la enseñanza del golf, algo que me toca de cerca. Que lo disfruten !»

Hoyo 3 – No Puede Ser Tan Difícil

Cuando Victorio resolvió que iba a aprender a jugar al golf, recibió de sus amigos y conocidos abundantes muestras de entusiasmo, y desde entonces todos los días amenazaba con un estreno que se hacía desear. Parecía que nunca iba a concretarlo, cuando una tarde soleada que volvía a su casa desde el Aeroparque por la avenida Costanera, al pasar frente al driving de la Asociación de Golf, se decidió súbitamente, ingresó y solicitó una clase con algún profesional. De inmediato apareció uno de ellos, que estaba desocupado en ese momento, y lo convenció de prestarle clases por un módico arancel semanal. Al principio le enseñaría los rudimentos del golf, y luego verían como avanzar en el juego.

Y ya, si él estaba dispuesto, podían iniciar la primera clase.

-¿Ya? Bueno… este… mejor empezamos mañana… -A Victorio le había aparecido una súbita urgencia en su actividad del día.

– Nada de eso –cortó con decisión el profesor-. Vamos ya a una gatera, y me demuestra lo que sabe hacer.

-¿Lo que sé hacer? ¿Y así nomás, sin prepararme, sin cambiarme?- El entrecejo fruncido y la boca entreabierta de Victorio eran harto elocuentes.

– Venga que le enseño donde se pide el canasto de pelotas; por los palos, despreocúpese que yo los llevo.-. El profesional tomó la batuta y condujo a Victorio, que iba como borrego al matadero. Una vez en la gatera, el hombre decidió revelarle a su novel alumno, en forma práctica y sencilla, cómo golpear a la pelotita. Tomó un fierro, colocó varias de ellas en serie, y con suaves, rítmicos e idénticos movimientos, las fue despidiendo con regular altura y distancia, hacia la playa del driving.

-Bueno, la historia es así. El golf consiste en golpear a la pelotita hacia delante, con un movimiento de ida y vuelta que se denomina swing, intentando ponerla más o menos donde uno quiere. A veces sale, y a veces no. ¿Se entiende? Ahora probemos con usted… -El profesor se movía con naturalidad de experto, maniobrando la cabeza del palo como si fuera una prolongación de su mano. Con cierta torpeza Victorio tomó el palo que se le ofrecía, y acto seguido miró hacia la pelotita (que la extensión de la mano del especialista había colocado sobre la mullida alfombra verde). Blanca y como picada por una curiosa viruela, cruzada por algún sello identificatorio, la inocente pelotita desafiaba desde allí abajo al futuro golfista.

Me llamo Victorio, no Vicente –respondió éste con tono admonitorio alzando la cabeza, mientras rumiaba que ése no parecía un buen comienzo. Luego se situó frente a la pelotita, con el palo entre las manos como quien toma un escobillón un domingo por la mañana bajo órdenes conyugales. “En fin, probemos, total, con probar no se pierde nada…”. Y Victorio copió la alineación y postura del profesor, hizo unos cuantos movimientos de práctica, y finalmente se decidió y descargó el palo sobre la… alfombra. La pelotita llegó a moverse por la vibración que recibió a la distancia, y salió del cuadro verde dando pequeños y ruidosos saltos.

-Vamos, hombre, no se me achique-. El profesor evitaba meter la pata nuevamente-. A todos los que empiezan les cuesta un poco encontrar la pelota. Siga probando…-, y colocó otra pelota en el sitio apropiado con su acerada extensión manual, sin agacharse ni un poco. Después, aconsejado por la prudencia, se retiró a cierta distancia. Y vino otro hachazo, que esta vez desprendió algunas fibras verdes del felpudo. Y otro… y otro… La cara congestionada de Victorio reflejaba el esfuerzo realizado para cumplir con lo prescripto. Esfuerzo inútil hasta ese momento. La angustia le estrujaba la garganta y le revolvía el estómago, haciéndole recordar las palabras de aliento del gastroenterólogo, cuando le comentó el deseo de practicar golf para relajarse y curar la úlcera de una vez por todas.

-Vamos, don, anímese y péguele. No deje de mirarla y dele un buen golpe –y el profesor tornaba a colocar una pelotita tras otra en la alfombra. Victorio estaba a un tris de reconocer que “eso” no era para él, pero en el instante preciso en que aflojaba la tensión para devolver el palo y retirarse sin más del recinto, decidió permitirse una última oportunidad, y casi sin quererlo desplazó el palo hacia atrás, y luego lo descargó aproximadamente donde se veía la nívea pelotita, y ésta salió despedida con un sonido que nunca había escuchado previamente, y las manos percibieron también una sensación por demás peculiar, y lo más curioso fue que el palo continuó un camino propio hacia delante, arriba, y quedó apoyado con naturalidad sobre su hombro izquierdo, mientras él se sentía aceptablemente afirmado sobra la planta del pie izquierdo y la punta del derecho. Todo un suceso.

Veía a la pelotita volar, un tanto baja rumbo a la derecha, hacer una carambola al aterrizar, para finalmente detenerse a la altura de un cartel, allá lejos, que anunciaba 100.

-A ver… probemos otra vez-. Victorio había olvidado de súbito las molestias, y ahora sólo lo animaba un ferviente deseo: Repetir ese golpe.

Casi dos hora más tarde, Victorio se retiró de las instalaciones del campo de golf. Había transpirado como pocas veces lo había hecho en los últimos tiempos. Caminaba resueltamente, después de higienizarse en el baño, aunque le dolía todo el cuerpo, desde las uñas de los pies hasta las raíces de los cabellos. Llegó hasta el auto, y cuando se sentó frente al volante suspiró, con una mezcla de cansancio supremo, y de suprema satisfacción. El dolor lo aguijoneaba desde todos los músculos (hasta los masticatorios estaban irritados), pero al mismo tiempo se había apoderado de él un buen humor desconocido que tenía el curioso poder de minimizar las molestias del físico exigido sin tregua. Y sólo pensaba en la sensación indecible de tener un palo entre las manos, golpeando esa pelotita tan endiabladamente esquiva. Mientras ponía el motor en marcha, recordaba las últimas palabras del profesional: “Bueno, Victorio, es un comienzo, y no estuvo nada mal”. Y cavilaba: “Al fin y al cabo, nunca fui muy bueno para los deportes, pero en esto, tal vez…”, y colocando la segunda marcha, hundió el pie en el acelerador para alejarse por la Costanera rumbo a su domicilio. “… con un poco de práctica… ¡Qué cuernos! Esto… no puede ser tan difícil”.

Foto: Web

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